
Una sola especie.
Lo mismo es lo uno que lo otro.
Ilustración: Nacho Montoto
Mirar: Encender los ojos, la luz en la retina.
Respirar: Sentir el agua en los pulmones.
Sentir: Acariciar una fibra nerviosa.
Vivir: Habitar la corteza terrestre.
RESACA
Aunque el dolor existe más allá del diagnóstico
y vivimos también sobre la música
recién cortada, voy a especialistas.
Quiero saber qué es esto que del pecho
se extiende hasta el costado, que incluso en ocasiones
me paraliza el brazo izquierdo.
El médico investiga mi dolencia,
le robo el aire a su consulta, ausculta
mi corazón, aspiro, espiro, quiero
decir que pare. Seguirán
presentándose estos síntomas
cuando yo sea tierra.
Dice incluso
que es muy común
este dolor del hombro
que da hasta las rodillas, que los hombres
que lo tuvieron fueron muchos. No
cabrían
en el hogar
que habito a todas horas.
Satisfecho el doctor en su escritorio
dará en caligrafías inclinadas
su resultado de la revisión
y escribirá su nombre.
Hay otra firma
para la causa de alargar mi vida.
Que llamen al siguiente. Enfermo a casa
me vuelvo, esclarecido. El duplicado
se quedó allí, el recibo de mi fiebre,
lo que han sacado en claro de lo oscuro
de mis entrañas largas. Y allí queda:
un folio al que hacen hueco otros papeles,
día de hoy con la insania de otros días,
dolor arrinconado entre otros tantos.
(David Leo García, DEMANDA DE SOL,Málaga 2007,
Publicaciones de la Antigua Imprenta del sur)
Empezar un libro por “no dicen” es un peligro al que se expone cualquier autor. No dicen las lenguas abisales que el mar lo inundará todo. Esto no es un ensayo, tranquilidad. Cuando a las seis de la mañana suena el reloj, en lo último que una persona piensa es en poesía. Corre aprisa hacia el baño, se lava la cara, o bien se ducha, se viste, y corre a tomarse un café. Después de todo eso se apresura al baño y hace de tripas, no de corazón. Luego, baja las escaleras y se dirige rauda y veloz hacia su centro de trabajo. En ese intervalo de tiempo le ha dado tiempo a pensar cómo quedará su equipo de fútbol en las semifinales de champions, qué es lo que comerá a mediodía, cómo escaparse antes del trabajo y quién será su compañera de noche. Cada mujer que ha probado su cama tiene el nombre de una canción de The Beatles. Su preferida siempre fue Yesterday aunque dice que Help siempre le ayudó a pasar buenos momentos. Dejemos el ingenio a un lado. Para eso ya están los lobbies editoriales. Los escritores tienen, en su mayoría un gran problema de ego. No lo saben, pero su mierda tiene el olor universal de la mierda. La literatura es hoy víctima del marketing. El marketing es una chapa clavada en la solapa de una chaqueta. Hoy Góngora sería un Punkie de categoría y Quevedo, probablemente, el mejor perfopoeta del mundo. Desconfío de los eruditos que van construyendo analfabetos allá por donde imparten un taller de escritura. Sí, he dicho construir y no crear, para crear hay que ser sumamente inteligente, para construir sólo hace falta terreno y dinero. Sólo eso.


El vacío, cuentan, se mide en el aire y es tan pesado como el aguacero. A pesar de todo, este vacío es rellenar agujeros de viento con la ausencia de un recuerdo. En cuanto a la voz de la calle, por más que la escuches, aun cuando por tenaz cantinela de medianoche, mas por que asome sus labios en las aceras, no dejará de ser suelo, en cuanto pisemos, en cuanto pises, su piel con la suela de los zapatos. He de decir que los pasillos de salud mental me recuerdan a las galerías de los museos: frescos, rostros oleaginosos, minimalistas, buscando la forma -el dibujo- dando ligeras pinceladas en busca de la primera y -acaso- la última obra de arte. Nos pasamos la vida respirando el humo de un tubo de escape. Tras los árboles se esconde la última orina de un perro, el arriate majestuosamente abonado, el olor del desodorante. Sudar es demasiado erótico pero eso ya lo sabías. Hoy vivimos presos de la horca: el nudo de una corbata, la faja desmedida, el estorbo, eso es, el estorbo de intentar ser, para no ser nada. Recuerdo a la chica del segundo bé: se quitó la camisa y poco a poco se vació el mundo alrededor de su cuerpo, ahogando la habitación con su ser. No sé qué será de ella ahora. El primer poema que te escribí fue algo parecido a un un alambique que me ayudase a destilar la última gota de ti que aún permanecía en mi cuerpo. Recuerdo los pasos que te llevaban a ese bar, los zapatos que se amoldan a tus pies, el sustento del mundo, el cimiento del edificio, cuida tu azotea –dijiste- recoge la ropa, vaya a ser que el viento se la lleve y te quedes desnudo ante los demás. Termino de escribir bien entrada la madrugada: estoy dormido, tanto, que casi no respiro. Me queman los ojos cuando miro tu fotografía. Mi tiempo es breve, el cigarro se consume tan rápido como tu sonrisa; ceniza: las comisuras de sus labios. Paseo por la calle y observo cómo abre las piernas aquella escultura para la mirada de los turistas, deseando que el sol caliente su marmóreo sexo, como mi vecina del quinto. Por la noche un río de farolas alumbra un parque de botellas junto a bazares de betún en latas de conserva -y a algunos les parece bonito -bajo el aroma de las heces -domesticadas- de sus perros. Definitivamente, Dios se equivocó de collar.


En los brazos podridos de Francisco
La última vez que vimos llover lo hizo torrencialmente,
tu madre quitaba aprisa la ropa del tendedero,
mi hermana lloraba histérica en la cuna
-presagiando el desastre-
las alcantarillas trataban de beber aprisa el líquido elemento,
las aceras desembocaban la tragedia hacia la calzada.
La última vez que llovió con similar violencia
se desbordó el río, colapsó el puente limpiando sus cimientos
y la pasarela en un mismo envite.
Por aquel entonces la ciudad alumbraba en sepia,
los hombres llevaban sombrero
y los burdeles tenían un dulce acento francés.
Las lenguas de los ancianos avisaron primero.
Cuando evocamos el último diluvio
tu abuelo no sabía que ya había firmado
el fin de nuestra existencia, la sentencia de muerte.
¿Recuerdas qué felices éramos cuando flotábamos en aquel líquido amniótico?
Cuando un hombre despierta solo,
no muy lejos, en otra cama,
hay una mujer que sueña desnuda.
No sabría explicarlo, pero bien sé que
cuando mira a los ojos lo hace sin maldad
y da gusto encontrarse con ellos.
La locura es más mujer en sus labios,
en la violencia de su sexo reside su miedo.
Bajaba de la bicicleta, llovía,
pero el agua no oxidaba su olor.
Tocar sus manos era tarea difícil,
no presumo de buen tacto
pero sí de corazón caliente.
Presiento el sabor fresco de sus labios
como la mordedura a una manzana.
No sé si escribir un poema
o beberme una copa de vino a su salud.
La echo de menos, por no haberla tenido,
no duermo bien y dejé de rezar a los once años
por lo que no escupiré plegaria alguna.
La he buscado en mi cuerpo,
intenté acariciarla con mis dedos
pero nunca pude, sólo la toqué.
Los ojos como túneles.
Sus labios de espino provocan
una dulce herida al besarlos,
dejando como cicatriz un lunar rojo.
Cruzó la calle una tarde y desde entonces
sigo persiguiendo el fantasma de su sombra.
Ella: una llamada los domingos al anochecer.
Aquella noche brotaron raíces de mi pecho.
Por los parques la han visto pasar
derramando fresas de las manos
y cuentan que su voz, al hablar, sabía dulce.

No te escondas, no por más tiempo. Las ventanas dejan entreabiertos sus postigos.La madera se agrieta tan rápido como la piel de una madre. Un río de pelusas bajo tu cama muestra el camino hacia la soledad. La luz del pasillo no alumbra como hace veinte años. Las paredes manchadas de gotelé conforman lágrimas de cal. El silencio va tejiendo un aneurisma en tu lecho que provoca el más eterno de los sueños. Brotan gélidas raíces del suelo que abrazan violentamente tus piernas. La oscuridad provoca dulces llagas en las comisuras de los labios, calma las bocas hambrientas del deseo licántropo de la madrugada. Si miras fijamente al techo su vacío perforará tu mirada, tus ojos como túneles intentarán buscar la luz, pero no te escondas, no por más tiempo, ya no es necesario.

Bajaron por la calle con las manos bañadas en sangre
Los puños cerrados y los labios carcomidos
De sus bocas brotaban riachuelos de polillas
Mas esa sangre era agua manchada
Las niñas corrían despavoridas hacia sus casas
Los ancianos lloraban aterrados a su paso
Aquellos dos hombres de ojos tullidos
Agonizaban tendidos en las aceras
Sus huesos besaron violentamente las baldosas
Las palabras se derramaron en las alcantarillas
Horas antes gritaban a dúo al viento
Sin ninguna pulcritud sus vanas promesas