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sábado, 4 de junio de 2011

El pastor

En una mesa de cristal transparente podíamos divisar el mundo desde nuestro apartamento, sobre ella un mando a distancia, un paquete de nobel con un par de cigarrillos (fumar mata), una Blackberry 9580 y un ejemplar de la Odisea, edición de Gredos. Las cartas boca arriba sobre la mesa. La escena muestra el desasosiego que ha generado el S.XXI en una sociedad indignada con su devenir y en franca deshumanización, según mi vecino Juan, es decir celosía y romperse el cielo en mil pedazos, esgrime.


Asomados al balcón de la estrecha calle Algarabía, observábamos cómo Pablito jugaba con un molinillo de colores, para mis vecinos del quinto un juguete con claras connotaciones homosexuales. Pablito tiene un padre que trabaja hasta bien entrada la tarde, digamos que hasta el anochecer, su esposa parece ser que espera la llegada un nuevo retoño que aumente la unidad familiar. El padre de Pablito grita y chilla cuando juega con su hijo, tratándolo como a un pequeño becerro al que sólo se le pueden emitir mensajes onomatopéyicos para llamar su atención, él cree que su hijo se divierte, nosotros pensamos que las pesadillas de Pablito han de ser estremecedoras una vez su padre lo deja en la cama cual pequeño carnero cansado y somnoliento. Las diferencias entre Nueva York y Sevilla son apenas perceptibles por un niño de tres años, ocurre a la inversa en la cabeza de un adulto neoyorquino de unos cincuenta años, ni sabe ni constatará la existencia de Sevilla, con suerte la situará cerca de Barcelona.


Volviendo al padre de Pablito, nunca hemos observado en él un esfuerzo en comunicarse con su hijo mediante la palabra, sus recursos no van más allá de meros aspavientos y frases cortas, da la impresión de estar domesticando a un cachorro de yorkshire terrier. Apenas hemos cruzado en este año y medio palabra alguna con el padre, en cambio la madre se muestra como una persona cercana al mundo, mucho más receptiva, empatizar con ella fue cuestión de horas. Pablito nos saluda siempre que sale al balcón, parece que intenta comunicarse con nosotros, en el fondo creemos que nos pide auxilio, a ciencia cierta no lo sabemos, pero podemos llegar a intuirlo. Hay un hecho misterioso que nos inquieta, hace pocos meses el padre de Pablito compró una lámpara de pie y un sillón que ha situado cerca del balcón donde pasa un par de horas durante las madrugadas leyendo algún que otro libro. Al principio creímos que estaba estudiando, prepararse una oposición es una de las salidas que ofrece España para encontrar un trabajo estable. 


Sevilla es la ciudad más mariana de España, si me apuran, del mundo. La densidad de campanarios por metro cuadrado es proporcional al número de parados de una región como Andalucía. Es sólo un dato que no sabemos si puede influir en la relación de Pablito y su padre, pero que no podemos dejar pasar por alto este hecho teniendo en cuenta que Sevilla sigue anclada el el siglo XVIII. Pablito representa el futuro de un país, sobre sus espaldas recae la responsabilidad de sacar adelante aquello que sus padres no han podido apenas intuir. No sabemos si el padre de Pablito está estudiando por las noches formas de comunicarse con su hijo, tampoco sabemos si el molinillo arco iris que hoy preside el balcón de su casa será sólo un juguete o la veleta de los vientos futuros. 

Pasados los días, perdimos toda esperanza al ver sobre el sillón del padre de Pablito un ejemplar de la sombra del viento junto a un ejemplar de la revista penthouse, aunque comprendimos el mensaje de nuestro vecino, el pastor. Bien lo decía Juan, es decir celosía y romperse el cielo en mil pedazos.

1 comentario:

Elena Lechuga dijo...

Pablito.
Las pesadillas hoy serán mías.