JOSÉ IGNACIO MONTOTO. LA CUERDA ROTA. PREMIO ANDALUCÍA JOVEN. EDITORIAL RENACIMIENTO, 2014
Aunque se encuentre situado aproximadamente en el centro del libro, creo que es conveniente comenzar a leer La cuerda rota por el poema que le da título, porque en él se descifran algunas de las claves y analogías que descubriremos a medida que avancemos en la lectura. Como cuerda rota se describe algo tan resbaladizo, tan difícil de asir con las pobres herramientas de que disponemos, como es el alma, por eso, a pesar de los repetidos intentos ensayados en cada poema, José Ignacio Montoto, se declara incapaz de definirla con precisión: «¿Quién es capaz de nombrar siquiera el alma hoy en día en un poema?», se pregunta Montoto (o el personaje al que ha puesto voz).  Podemos considerar La cuerda rota como un largo poema dividido en fragmentos, a los que preceden y finalizan respectivamente otros dos poemas. Dentro del paréntesis que abre el verso «El amor tiene extrañas manifestaciones» del primer poema y cierra «el desamor tiene extrañas mutilaciones» del último, se desarrolla una peculiar historia de amor narrada de forma segmentada y discontinua protagonizada por una voz femenina que enmascara el yo masculino, aunque esta permutación no suena impostada, no desentona en ningún momento, a pesar de la dificultad que entraña, no ya ponerse en la piel de otro, sino de alguien de distinto sexo. Esta historia de amor, o de desamor, se desarrolla en unos escenarios muy conocidos,  con dislocaciones temporales – la revolución francesa o Tristán e Isolda – y espaciales –desde el Paraíso hasta un centro comercial—, todo ello  escrito en versículos alternados con frases lapidarias, contundentes, epigramáticas podríamos decir, que desfiguran el sentido preconcebido de la narración. «Así podemos definir la historia de las relaciones», escribe en el primer poema, como un eterno desencuentro que, para mayor abundamiento, ocurre en uno de esos templos de la modernidad que conocemos como centros comerciales en los que la desubicación personal se mezcla con la desorientación colectiva y la ausencia de un destino visible. La yuxtaposición de imágenes permite al lector internarse tanto por el futuro: «Imagina un campo abierto»,  como el pasado: «Ya te comenté, hace tiempo, que mi sangre era el vino más amargo de la vida» del personaje que reflexiona en los poemas. El uso de un lenguaje coloquial no esconde, sin embargo, una espectral irracionalidad, como si el poema estuviera construido en esa fase entre la lucidez y el sueño: «Es un sueño, nuestra vida» escribe, imitando al Segismundo calderoniano —y éste no es el único ejemplo de recreación poética, porque las referencias culturales están muy presentes en todo el libro, como si el poeta necesitara justificar con la historia y el mito, con la tradición, la verosimilitud de su apuesta estética (pesemos en Edith Piaf o en el pintor Mark Ryden y esas extrañas composiciones en la que mezcla lo inocente con lo tétrico, lo vulgar con lo exquisito, lo pop con lo pompier)—.
Los poemas que forman La cuerda rota no son fáciles de interpretar aisladamente, parecen estar formados por un conjunto de reflexiones que sólo en la relación de unas con otras encuentran su verdadero sentido. El diálogo —más bien monólogo, en este caso— «se inscribe, según  documentan Luis Bagué Quílez y Alberto Santamaría en el ensayo Malos tiempos para la épica.Última poesía española (2001-2012), dentro de la lógica fragmentaria que articula las composiciones, y la conciencia del inacabamiento enuncia la sospecha de que la realidad carece de centro de gravedad. Esta carencia de centro implica, igualmente, una carencia de límites tanto en lo formal como en lo temático. La fragmentación se muestra, por lo tanto, no como ausencia de la narración, sino como ausencia de una posibilidad de cierre, de fin de esa “historia”». Esta posibilidad de cierre a la que aluden Bagué y Santamaría, dos de los mejores conocedores de la poesía actual y, ambos a su vez, magníficos poetas, es la que articula  el libro, hasta llegar al poema «Ciclogénesis explosiva», un expresivo título para describir el final — ¿definitivo o quizá sólo una interrupción temporal?— no sólo de un amor, sino de una forma de ver el mundo a través de los ojos del otro. A pesar de esa experiencia del fracaso, o gracias a ella, el personaje poemático toma de conciencia de sí mismo y puede encarar el futuro sin el miedo que la inseguridad afectiva estimula. La trayectoria de José Ignacio Montoto, que cuenta ya con varios libros publicados, se ve ratificada con un libro complejo no por su forma, sino por la acertada mezcla de narratividad anecdótica con el verso corto fruto del instinto que desajusta los parámetros de comprensión habituales y exige del lector, como siempre lo hace la buena poesía, una complicidad sin medias tintas.