Páginas

lunes, 25 de marzo de 2013

UMBRÍA


Hiera la luz a los ciegos de pensamiento y devoren sus ojos los gusanos hundiéndose entre bocas de carmín mientras besan los labios de la muerte.

Que revienten los oídos al oír su nombre y se mofen los pobres de su sangre, derramada entre los restos del mundo, mientras ríen los cuervos en sus nidos.

Que mantengan erguida su deshonra sobre un lecho de ceniza y basura, que soporten la carga de sus crímenes ahogados por el magma de la entraña.

Ya sabes que el dolor que provoca una quijada al clavarse en el vientre de la madre es mayor si proviene del feto que duerme mansamente en su regazo.

Sabes que una luna de hormigón enfría, en silencio, el hierro de los bancos de la plaza y que el sueño de los niños es una pesadilla de palomas amortajadas.

Sabes que las criaturas de la noche avanzan silenciosas, las fauces desolladas, hueco el mentón. Es tiempo de labios secos y ojos de humo.

Has dormido hasta el atardecer y finalmente te has percatado de que afuera llovía y la lluvia ha acompañado tu sueño sin saber que en la calle, en las casas, en los colegios, en los cobertizos y en las madrigueras, despertaba silenciosamente un nuevo día.

Porque las hazañas del arco iris no son en vano, las palabras se mancharon de los egos, de uniformes, de inválidos y narcisistas que ahogaron el futuro de las niñas y los niños bajo el dinero de los bancos, bajo la pesadilla de la estadística y la especulación.

En un abrir y cerrar de ojos incineramos el recuerdo.

Caminamos descalzos sobre cenizas —aún vivas— pero acostumbrados al dolor, preferimos acariciar la mano hiriente de quien nos condena antes que besar el rostro cálido nuestras madres.

Porque las madres se olvidaron un día de dar el pecho a sus hijos, los padres cambiaron la ternura de los besos por la frialdad de la bala y el desgarro de la carne en un baño de sangre y asistimos mudos ante la barbarie.

Amor es un dolor ajeno que oprime al corazón en tiempos de infografías y balances.

Porque dejamos de acompañar nuestras vidas con la música adecuada y nos acostumbramos al dictado de la sociedad de la información mientras el mundo avanzaba y la enfermedad pasó de ser un problema físico a un problema económico.

Porque no hay calor si la luz no ilumina nuestros cuerpos ni hay voz sin aliento, ni patria, ni bandera si no existe sentido de pertenencia. Busca un sol en la sombra y hallarás la respuesta de por qué no crecen las flores en la penumbra.

Vimos a los pueblos desnudos, esparcidos sus miembros por el suelo, hiriendo los más bellos paisajes.

Presas de la memoria, nuestras pupilas visualizan imágenes que son atravesadas por la instantánea de lo efímero como cometas fugaces.

Como si de un cuerno de marfil se tratase, abrazamos a la soberbia contenida por los vástagos de la divina misericordia.

El resultado: un mimbre, apenas capaz de soportar la carga del beso, tan fino como una hebra de sol, tan frágil como una muñeca de sal.

Porque la nueva religión se llama mercado y su dios dinero hace tiempo que dejó de recrear milagros para hacernos esclavos del papel, de las cifras y de las pequeñas monedas que se pierden en nuestros bolsillos llenos de nada.

Porque apenas hemos esbozado un par de alas plateadas para surcar los cielos y creímos que el don que se nos había dado era el don del progreso sin más que aspirar a la innovación y a la alegoría del futuro.

Nos inculcaron la palabra y le dimos forma de cuchillo para clavarla por la espalda.

Porque amor, amor, los cuerpos yacen en los arriates, en las cunetas y quizás en algunas playas escondidas, los cuerpos, los huesos y los ánimos de los primeros hombres y mujeres que dieron los primeros besos en otro tiempo, en otras vidas y probablemente bajo otras lunas que ya no asoman por temor a la ignorancia.

¿Quién acaricia las hojas de un árbol del mismo modo que los labios de una mujer o un hombre?

Porque hemos fundido la esperanza en un canto misericordioso cercano a los altares, hemos bebido el vino hasta emborracharnos y disfrutado del ágape eterno de la duda, la zozobra y el cinismo. No hay senderos luminosos ni carreteras hacia la eternidad que purguen nuestra dejación.

Porque tratamos de igual a igual al que busca amor, dinero, cariño o trabajo y ante ello nos equivocamos al no saber apreciar las diferencias entre caricia, beso y herida.

Pequeños demonios devoran el alma de las rosas. Espinas de sangre bombean sus pechos.

Porque en la noche, mientras los niños apresan hadas y príncipes en la memoria bajo sus sábanas, nosotros nos alimentamos del insomnio y la incertidumbre del mañana, más preocupados del Gran Masturbador que de la Noche Estrellada.

Porque no supimos hacer del Mundo el hogar de los viejos y los jóvenes, de los negros, los blancos y los amarillos, de hombres y mujeres que supieran convivir con los pájaros, los árboles y el río.

Porque no apreciamos la sinfonía ni el beso del arpa en el aire y caímos rendidos ante la vieja cantinela de la eterna promesa; Turandot, la deseada Turandot hoy no tiene quien la quiera.

Porque asistimos impertérritos a la procesión de la mortaja, de los restos de la ciudad, del alma podrida de los ciudadanos que se envenenaron por beber del cáliz sangrado de las noticias, del trabajo y la rutina.

Hemos salido a la calle y hemos mezclado nuestros cuerpos junto a otros cuerpos, besado los labios de la mentira y roto en mil pedazos el tiempo en los desvelos que han surgido en madrugadas de sueños imposibles, olvidamos al feto que engendramos en aquel tiempo, la razón de la placenta y el calor del regazo a cambio del artificio.

Hemos contemplado la puesta de sol bajo un manto de polución similar a un enjambre de abejas asesinas sobre aquellos osos que robaron la miel y hemos perdido en el envite, en el esfuerzo de sortear el golpe, la frescura, la inocencia y la capacidad de reacción.

Porque el camino de vuelta suele ser el mismo que el de ida y no hay soldados invisibles ni migas de pan que protejan ni cortejen nuestros cuerpos tras la pérdida de orientación en el bosque oscuro.

Porque un buen día encerramos nuestros deseos dentro de una bolsa de tela y los quemamos junto a las hogueras de San Juan en un rito tan viejo como la creencia en los dioses.

Hemos sentido el tacto áspero de la mentira y el engaño mientras oíamos recitar a los oradores con su prosa más amarga y oscura, una loa semejante al sermón de la montaña pero esta vez sin montaña ni sermón al servicio de prestidigitadores e ilusionistas de la palabra.

Despreciamos el tacto de las flores y las manos de nuestras madres, vimos sangrar las comisuras de sus labios. Lenguas heridas sembraron el cáncer en nuestras bocas.

Hemos sentido la soledad del atardecer sentados frente al Mundo, observando a los aviones atravesar el firmamento mientras los pájaros aguardaban en sus nidos y las madres lavaban a sus hijos por amor a la sangre y la familia.

Porque el milagro del amor es un asterisco que intenta explicar a pie de página lo que no se puede escribir en un folio en blanco. Es la espera de un mendigo que se agarra a la muerte como salvación.

Ya sabes que nos han dejado solos ante la lluvia, que la flor que sobrevivió a la masacre sólo puede ser polinizada por el pájaro azul.

Porque cuando la noche venga a vernos a nuestra cama y pronuncie nuestro nombre junto a Caronte, toda nuestra vida pasará por delante de nosotros, entonces nos daremos cuenta de que los huecos que dejamos vacíos sólo el silencio podrá rellenarlos.

Ya sabes que sólo somos demolición de luz, apenas un parpadeo del que brota el tiempo y la oscuridad.

Nada quedará, carne seca, después el hueso y finalmente un haz de energía. Nuestros hermanos yacerán inmersos en un líquido negro, ahogados por sus vómitos.

Estallará un silencio que disolverá la luz y velará nuestros ojos, entonces seremos felices, germinará el poema y una gavilla de cuerpos celestes se abrirá paso entre el frío.

Ya sabes.

Lo oscuro es luz.


José Ignacio Montoto