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viernes, 1 de enero de 2010

Arquitectura del aire (I)


El vacío, cuentan, se mide en el aire y es tan pesado como el aguacero. A pesar de todo, este vacío es rellenar agujeros de viento con la ausencia de un recuerdo. En cuanto a la voz de la calle, por más que la escuches, aun cuando por tenaz cantinela de medianoche, mas por que asome sus labios en las aceras, no dejará de ser suelo, en cuanto pisemos, en cuanto pises, su piel con la suela de los zapatos. He de decir que los pasillos de salud mental me recuerdan a las galerías de los museos: frescos, rostros oleaginosos, minimalistas, buscando la forma -el dibujo- dando ligeras pinceladas en busca de la primera y -acaso- la última obra de arte. Nos pasamos la vida respirando el humo de un tubo de escape. Tras los árboles se esconde la última orina de un perro, el arriate majestuosamente abonado, el olor del desodorante. Sudar es demasiado erótico pero eso ya lo sabías. Hoy vivimos presos de la horca: el nudo de una corbata, la faja desmedida, el estorbo, eso es, el estorbo de intentar ser, para no ser nada. Recuerdo a la chica del segundo bé: se quitó la camisa y poco a poco se vació el mundo alrededor de su cuerpo, ahogando la habitación con su ser. No sé qué será de ella ahora. El primer poema que te escribí fue algo parecido a un alambique que me ayudase a destilar la última gota de ti que aún permanecía en mi cuerpo. Recuerdo los pasos que te llevaban a ese bar, los zapatos que se amoldan a tus pies, el sustento del mundo, el cimiento del edificio, cuida tu azotea –dijiste- recoge la ropa, vaya a ser que el viento se la lleve y te quedes desnudo ante los demás. Termino de escribir bien entrada la madrugada: estoy dormido, tanto, que casi no respiro. Me queman los ojos cuando miro tu fotografía. Mi tiempo es breve, el cigarro se consume tan rápido como tu sonrisa; ceniza: las comisuras de sus labios. Paseo por la calle y observo cómo abre las piernas aquella escultura para la mirada de los turistas, deseando que el sol caliente su marmóreo sexo, como mi vecina del quinto. Por la noche un río de farolas alumbra un parque de botellas junto a bazares de betún en latas de conserva -y a algunos les parece bonito -bajo el aroma de las heces -domesticadas- de sus perros. Definitivamente, Dios se equivocó de collar. Siempre la misma pregunta: ¿Estás? Sí, no, tal vez. ¿Vienes? Sí, no, tal vez. ¿Vas? Sí, no, tal vez. ¿Voy? Sí, no tal vez. Estoy. Esta mañana se ha caído un nido de aquel árbol, nadie se ha dado cuenta, dos gorriones han perdido la vida, otra catástrofe natural, otra, otra, otra, otra, y los telediarios no se han hecho eco. Me parece que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia, pero ya es jodido saber que la ficción y la realidad, a veces, muchas veces, coinciden. Ciertamente, no sé si son los días, las horas, los meses o los años. En esta cárcel los barrotes no pueden fundirse, sólo encerrarse en una esfera. Hay extraños momentos de miradas ecuánimes, rutilantes destellos púrpuras de ojos cristalinos. Existen horas muertas, vacías, ciegas, dispersas, en las que el sonido es un zombie de medianoche. Hace frío en la habitación, oigo la madera quebrarse, el aire juega con la cortina. No creo en fantasmas. Tengo mucho frío. Ansioso revolotea el gorrión, a punto de iniciar el último vuelo que le lleve a dar con el pico en la acera, el otoño poda los nidos con navajas de lluvia. Siempre supe que esa sensación que llaman amor no deja de ser un encuentro de extremos que se repelen pero que se necesitan. Como la vida y la muerte He aprendido que alguna vez nos rasgaremos las vestiduras. Besaremos la mano hiriente del que nos mata poco a poco, mas nunca reconoceremos nuestro error. Hoy sólo puedo darte lo que en mí ves, que es nada, sólo mis oídos y el calor de mis manos, lo siento, no tengo nada más que este vacío para compartir.