Acontece el pasado en cuerpos ajenos.
Se repite.
Oxidados raíles atraviesan el mapa de los nombres, resulta conmovedor cómo el tiempo descubre nuestras debilidades, las aflora y resucita en una Pascua tardía.
Nuestros nombres.
Hélices que mueven los hilos de una marioneta que se aproxima al derrumbe.
Nuestra femineidad nos delata.
Un racimo de mujeres griegas esculpió poemas en las rocas, eran las ninfas de la orografía.
Una noche en París es un mes en cualquier otra ciudad.
La bandera de la Revolución fue cosida con una aguja sin ojo, frisaba su tela al aire porque sabía que su origen nos correspondía.
Una bandera es un presente clavado en un sentimiento.
Señalaban a la mujer barbuda porque se alimentaba de hombres cobardes que gozaban de su tristeza entre las piernas, blancas de dermis vieja, por las que resbalaban sus mentones.
Una fábrica de almas ciegas.
Estos niños que salpican mi cama, no son más que pequeños querubines de cristal, más pronto que tarde acabarán rotos.
La cuerda rota.
Mi nombre es Herejía y remiendo recuerdos con pequeños hilos de cobre para que brillen vuestras comisuras en un lugar de la memoria.
La fresa de nuestras bocas, cenizas tras la hoguera.
Recortes de libros de historia revisten las paredes de los Museos, rostros de princesas sin coronas.
Llora una niña recién nacida en este instante, alguien cose sus lágrimas y las engarza en un collar.
Es el primer paso para devolverle lo que le han quitado.
¿Por qué el sol y no la luna?
La vieja costurera zurce nuevos nombres con un dedal de hueso.
0 pajaritas:
Publicar un comentario en la entrada